Desde comienzos de la creación Dios hizo al hombre y no lo dejó solo sino que le hizo una ayuda idónea, para que lo acompañara en su labor de cuidar el huerto del Edén. Sin embargo la mujer observando el árbol de la ciencia del bien y del mal, vio que era bueno para comer, agradable a los ojos y codiciable para alcanzar sabiduría y animada por la serpiente, alargó su mano, tomó un fruto, comió y le dio a su marido. Si bien es cierto que aprendieron sobre el bien y el mal, perdieron la comunión cara a cara con su creador; fueron sacados del huerto como medida preventiva para que no vivieran para siempre en esa condición por si acaso se antojaran de comer del árbol de la vida. 1

Aquí empezamos a ver más palpable la misericordia de Dios para el hombre, pues tras su desobediencia, bien hubiera podido decidir acabar con su criatura, sin embargo, les esboza la redención y les hace túnicas usando pieles de animales que fueron sacrificados para que ellos pudiesen cubrir su vergüenza.

A través del texto bíblico vemos como a cada uno en particular o a Israel como su pueblo escogido o a los gentiles, extendió su misericordia y no los exterminó sino que les dio nueva oportunidad para acercarse a Él.

Viendo que la maldad había aumentado en gran manera en este mundo, decidió venir a tener un encuentro personal con el hombre para que éste pudiese volverse a Él. Pero cuando Él vino a darles enseñanzas para una nueva manera de vivir, lo rechazaron, lo vituperaron, lo maltrataron e intentaron matarlo. Finalmente después de tres años y medio de su predicación, en el cumplimiento del tiempo, Él entregó su vida, fue sepultado y resucitó victorioso al tercer día como lo había anunciado.

Después de esto, no convocó a todos sus seguidores para que le ayudaran a hacer justicia o a vengarse de aquellos que le habían hecho daño, sino que les dio la Gran Comisión de ir a predicar el evangelio por todos los confines de la tierra. Les aconsejó que no se juzgaran los unos a los otros ni pusieran tropiezo ni ocasión para que el hermano cayera, pues les dijo: “Mía es la venganza, y yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo.” 2

Nos enseña también que es necesario perdonar a los demás para alcanzar nuestro propio perdón, como lo encontramos en Mateo 6.14: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.”

Y nos ofrece no solo el perdón por perdonar al hermano, sino que nuestra recompensa será mayor como lo dice en Lucas 6.37-38: “No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados. Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir.”

¡Cómo adquiere vigencia este consejo del apóstol Pablo a los corintios y del Espíritu Santo a todos nosotros!: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.” (2Corintios 5.17-21)

1 Ver: Génesis 3

2 Hebreos 10.30